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Alabanza y exaltación del Padre Mario

Volver a Textos Puesta en escena en /`El Excéntrico de la 18ª/` del poema de Nestor Perlongher, en setiembre 2001   
Alabanza y exaltación del Padre Mario
Cae la noche sobre Buenos Aires. Desde todos los suburbios convergen los trenes hacia la ciudad y diseminan en las estaciones hordas silenciosas de cartoneros. Algunos vienen solos, otros llegan con sus familias, son hombres, mujeres, niños de toda edad. Empujan por las calles sus carritos maltrechos, recogiendo el papel y el cartón que puedan encontrar en las puertas de los edificios. Buscan las sobras de quienes todavía tienen algo para arrojar, la cosecha les permite subsistir un día más, a veces hallan en una bolsa de basura algún alimento que comen sentados en el suelo.
Y cuando terminan su trabajo, así como llegaron, silenciosamente, se vuelven al suburbio.
Son los desamparados, los excluidos de la fiesta global, los que pagaron la crisis económica quedándose sin trabajo y sin poder satisfacer las necesidades más elementales.
Abandonados por los gobiernos y las instituciones, los marginados buscan una salida, exploran un acercamiento a lo sagrado: florecen pequeños templos, altares en los bordes de las rutas adornados con botellas de plástico o con placas de automóviles; los santos locales ganan un sitio: el Gauchito Gil, la Difunta Correa, el Padre Mario, cura sanador.
“Oh Padre
Sálvenos
de esta locura de este infierno de no vivir más que necesitando pedir y no tener a quién pedir no saber qué pedir dónde pedir...”

Así evoca el poeta Nestor Perlongher en su “Alabanza y Exaltación del Padre Mario” las plegarias de los que cada día acuden a pedir ayuda al cura sanador en su Fundación.
Este poema colorido, de cadencia vertiginosa, es precisamente el que enhebra los distintos cuadros de la puesta en escena realizada por Cristina Banegas y Fabián Bril en el teatro “El Excéntrico de la 18ª”, un trabajo en el cuál participaron cerca de cuarenta actores, estudiantes, muchos de ellos severamente castigados por las sacudidas del sistema económico.
“Alabanza y Exaltación del Padre Mario” se realizó bajo forma de taller, los productores y actores no reciben ningún subsidio y trabajan con un sistema que se ha vuelto habitual en la Argentina: ante la crisis se producen hechos artísticos sin recursos económicos, una forma de no bajar los brazos, ante la falta de trabajo y de dinero se opta por crear y crecer.
Para estos artistas no resulta ajeno el drama de los desposeídos, los salpica en el contacto cotidiano con aquellos visitantes que trae el atardecer.
En la puesta en escena entran en pequeños grupos, en bandas que traen sus carritos, cirios, botellas, espigas y paneles de imágenes mientras el poema de Perlongher resuena como una letanía.
Piden, oran, suplican, llegan hasta la insistencia:
“Oh Padre
Espérenos
no vaya tan rápido que no podamos alcanzarlo no nos deslumbre con una velocidad vertiginosa que no podamos comprender qué lo lleva lejos...”

Se despliegan como una Corte de los Milagros, componen una visión del “Jardín de las Delicias” del Bosco mientras fusionan en la procesión con sus carritos y en sus plegarias los aspectos emblemáticos de la modernidad argentina: la comida omnipresente, la carne, las referencias a los cajeros automáticos, a los pañales para adultos, entre bautismos, flagelaciones y prosternaciones.
La obra acerca al teatro la cultura de un pueblo golpeado, es un ritual, representación de rituales del suburbio, del barro en las calles, de la ausencia de un poder protector, de la falta de todo, de la mirada que se dirige hacia una mano que consuela, una mano que sana.
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